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Jorge Cassinelli24 abr. 20263 respuestas

DE LA ELECCIÓN PARCIAL DE LA CÁMARA DE REPRESENTANTES (COMENTARIO)

Lo de los 99 diputados no se toca, no porque me parezca lo ideal, sino porque, siendo realistas, lo veo políticamente inviable. Y tampoco se altera la duración de los mandatos. En todos los casos siguen siendo de cinco años. La diferencia no está ahí, sino en cuándo se eligen. Justamente ahí está la clave. Al introducir una elección a mitad del período presidencial, se genera una instancia real de evaluación del gobierno. Es una forma de poner a prueba su desempeño en pleno ejercicio, no al final, y eso naturalmente obliga a que más de uno se cuide un poco más. Ese sentido está bien desarrollado en la exposición de motivos. Ahora, para que el sistema funcione, tiene que haber una transición. Por eso, en la disposición transitoria única se prevé el ajuste, La primera camada de representantes electos por circunscripción nacional va a tener un mandato más corto, de dos años y medio. Es la única excepción. A partir de ahí, el sistema ya queda estabilizado y todos pasan a tener mandatos de cinco años. Además, esos mismos representantes van a tener incentivo para hacer bien las cosas, porque van a poder presentarse de nuevo en la siguiente elección intermedia. Es decir, no solo hay control ciudadano, sino también un incentivo político directo. En el fondo, esto apunta a algo bastante simple: más control ciudadano sin tener que recurrir a mecanismos como plebiscitos o referéndums, que en Uruguay son mucho más pesados y complejos de activar. Dicho todo esto, tampoco hay que ser ingenuos. Esto es, probablemente, lo políticamente posible en Uruguay, donde la dirigencia difícilmente se desprende de sus prerrogativas, y muchas veces busca ampliarlas. Incluso en esta versión acotada, no va a ser fácil. Porque además, si mirás el comparado, los sistemas de elecciones de medio término existen en muchos países y suelen abarcar ambas cámaras. Acá no. La propuesta es mucho más prudente: se limita a 25 miembros de la Cámara de Diputados. No desarma el Poder Legislativo ni genera un sacudón institucional, pero igual tiene un impacto político fuerte, que va más allá de lo numérico. En ese sentido, es una reforma deliberadamente conservadora, lejos de los movimientos más bruscos que se ven en otros sistemas, como en Estados Unidos, donde las elecciones intermedias pueden cambiar de forma significativa el equilibrio de poder.
Hay que separar las elecciones presidenciales de las legislativas24 abr. 2026

Porqué? porque con el formato actual se hace el foco en la elección de presidente y vicepresidente, y los legisladores son elegidos impunemente gracias a ello, sin ser debidamente cuestionados en sus propuestas.

Mapache24 abr. 2026

Suena bien pero el número de legisladores tiene que superar la mitad para que tenga sentido ir a votar. Sino kno hay posibilidad de cambiar nada y para que vas a ir, no?

Jorge Cassinelli25 abr. 2026

Entiendo lo que plantean, y en abstracto hasta podría compartir parte de esa idea. El tema es que una cosa es lo ideal y otra lo que realmente puede salir adelante en Uruguay. Separar totalmente la elección presidencial de la legislativa, o poner en juego más de la mitad del Parlamento a mitad de mandato, sería un cambio muy brusco, con enorme resistencia de la clase política y con riesgo de trancar más el sistema en vez de mejorarlo. Por eso mi propuesta va por un camino más realista. No toca los 99 diputados, no toca los 33 senadores y no altera los mandatos de cinco años. Lo único que hace es incorporar una elección intermedia para renovar 25 bancas de Diputados. Puede parecer poco en número, pero políticamente no lo es. Porque lo importante no es solo cuántas bancas cambian, sino el mensaje que da la ciudadanía. Sería una especie de examen de mitad de período para el gobierno de turno. Si viene haciendo las cosas mal, recibe una señal clara; si viene bien, obtiene respaldo. Y eso obliga a oficialismo y oposición a moverse con más cuidado, escuchar más y dormirse menos. Además, en Uruguay 25 diputados pueden pesar mucho más de lo que parece. En un Parlamento dividido, unas pocas bancas pueden cambiar mayorías, acuerdos y el clima político general. No es una revolución institucional; es un mecanismo razonable de control ciudadano, con impacto real, pero sin desarmar el sistema ni meternos en aventuras difíciles de aprobar. A veces lo políticamente posible vale más que lo teóricamente perfecto.